Alaska se desnuda contra las corridas de toros
Me ha gustado muchísimo esta foto en la que Alaska denuncia la crueldad de las corridas de toros.

Me gusta la foto y estoy de acuerdo con el mensaje que transmite.
Me ha gustado muchísimo esta foto en la que Alaska denuncia la crueldad de las corridas de toros.

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Ya hace tiempo os hablé del salvajismo que supone tirar un animal desde un campanario y hacer una fiesta de ello. No lo entiendo. ¿Cómo se puede disfrutar haciendo sufrir a un animal hasta la muerte?.
Hoy mismo me he encontrado otro ejemplo. En el Tumblelog de Eduardo Arcos he visto un vídeo que me ha puesto los pelos de punta. Se ve como unos soldados norteamericanos muestran un cachorro de perro entre expresiones como «so cute, so cute» para, inmediatamente, tirarlo por un barranco entre risas.
Creo que el hecho de ser soldados y norteamericanos, en este caso es lo de menos. El salvajismo contra los pobres animales se puede dar, por igual, en un escenario bélico, en las fiestas comarcales de un pueblo de Jaen o en cualquier plaza de toros. El hecho es: ¿porqué somos tan cabrones y maltratamos de esa manera a los animales que nada nos han hecho?. ¿Porqué nos reímos, aplaudimos y nos regodeamos con estos hechos?. ¿Somos realmente la especie animal más evolucionada o la más degradada?.
No sé, hay veces que a uno le apetece devolver el carnet de humano.
Nota: No pongo aquí el vídeo en cuestión porque no me da la gana. Porque no quiero fomentar ese tipo de actos y su difusión. El morboso que esté interesado, puede verlo en el post de Eduardo Arcos que he enlazado más arriba.
Érase una vez un águila que decidió empezar a publicar una revista en el bosque en el que vivía. No era, por supuesto, la primera revista que se publicaba en el bosque. Ya había otras y seguro que más adelante aparecería muchas más. Tampoco era un negocio para el águila. Los anunciantes no estaban por la labor de publicitar sus productos en estas revistas. Al fin y al cabo, los lectores de las mismas eran los animales del bosque y de todos es sabido el bajo nivel adquisitivo de los animales.
El águila publicó su revista únicamente con el objeto de poder comunicar cosas y que otros animales también pudiesen utilizarla para comunicarse. Y, en ese sentido, la revista fue todo un éxito. El águila conoció, gracias a su revista, a muchos animales. Y, lo mejor de todo, se hizo amigo de varios de ellos. La revista tendría el número de lectores que fuese (algunos decían que eran «millones y millones» pero el que esto relata cree que se trata de una exageración) pero lo importante era que había comunicación. El águila escribía cosas, los animales le contestaban, y, de esa manera, se creaba una especie de conversación.
Pasado el tiempo, el águila decidió que era el momento de dejar de publicar la revista. Había descubierto otras maneras de comunicación (tal vez con más y más animales) y, además, ya había otras muchas más revistas en el bosque (muchas más que las que había cuando el águila sacó la suya) por lo que, pensó, nadie echaría de menos la modesta revista del águila.
Pero el águila se equivocó. Fueron muchos los animales del bosque que le dijeron que sentían que desapareciese la revista. Todos esos animales amigos fueron muy gentiles con el águila y esta no sabía cómo agradecérselo. Muchos de los animales amigos ya tenían su propia revista (nada más bonito para el águila que pensar que había tenido algo que ver con el nacimiento de nuevas revistas) y desde éstas se dijeron palabras que al águila le gustaron mucho.
Incluso, dos de estos animales amigos, un buitre leonado y un joven aguilucho, decidieron reunir a varios de los amigos del águila para crear una especie de revista-homenaje. ¡Qué contento se puso el águila cuando leyó esa revista!. Allí estaban muchos de sus amigos diciendo cosas muy bonitas. El primer número de esa revista le hizo mucha ilusión al águila. Además, era muy gracioso porque el buitre y el aguilucho habían usado para esta «revista-homenaje» una cabecera basada en la de la revista del águila. El nombre de las dos revistas era también prácticamente el mismo. Y la temática. Se trataba de un homenaje en forma de sátira. Muy gracioso y, a la vez, emotivo.
El caso es que esa revista, pasado un tiempo, sacó un segundo número. El águila, incluso, empezó a pensarse qué sentido tenía el sacar más números de una revista, si es que ésta tenía sólo la finalidad de homenajear su antigua publicación y eso ya quedó hecho con el primer número.
En ese momento empezó a ver con otros ojos algunas cosas que la alegría del primer número no le había dejado ver. ¿Era lícito seguir usando la cabecera de la revista del águila para la nueva revista del buitre y el aguilucho?. ¿Tenía sentido, si ya no estábamos hablando de hacer ningún homenaje, el que se siguiera utilizando la misma temática y, casi casi, el mismo nombre?.
Incluso, se dio cuenta el águila de que lo que en un principio se suponía una sátira, intentando imitar las bromas que solía hacer el águila a sus amigos, se estaba convirtiendo, en algunas ocasiones, en bromas de mal gusto. Bromas de mal gusto que, en la mayoría de los casos, estaban destinadas a los propios amigos del águila.
¿Estarían el buitre y el aguilucho extralimitándose?. ¿Debería el águila salir en defensa de sus amigos ofendidos por esas bromas y pedirle al buitre y el aguilucho que dejasen de usar su nombre y la imagen de su revista, o debería defender la libertad de expresión del buitre y el aguilucho (también amigos suyos) que, por otro lado, seguro que lo estaban haciendo sin darse cuenta de que, a lo mejor, sus bromas no eran de lo más oportunas (llegando a hacer bromas del físico o la condición sexual de algunos animales)?.
El águila, como pensó que todos los animales del bosque tienen buenas intenciones (aunque a lo mejor no siempre son conscientes de sus actos) decidió explicarle al buitre y al aguilucho cuál era la situación. Decirles que había gente molesta por sus comentarios. Y, para hacerlo, para abrirles los ojos a sus amigos, el buitre y el aguilucho, decidió hacerlo por medio de una fábula.
Después de esto, el buitre y el aguilucho le pidieron disculpas a todos los ofendidos y siguieron con sus revistas que, por otro lado, estaban muy, muy bien.
Desde entonces, todos los animales del bosque fueron felices y no comieron perdices porque la última vez que lo hicieron tuvieron que aguantar unas cuantas manifestaciones en el bosque lideradas por el sindicato de perdices.